 |
| Viviendo en diferido sin ser ni oir ni dar |
En estos días inciertos en que vivir es un arte y tan tardíos en los que el arte es un mero galimatías porque todo se ha dicho y nada nuevo puede decirse sin repetir las mismas fórmulas; en días de revoluciones inusitadas, de reivindicaciones, de marchas, manifiestos y pancartas; en estos días que corren, Yo, dueña de mi misma, he caminado -y no ha sido la primera vez- para que se me oiga. Pero pienso, ¡pienso!, que ese caminar no lleva a ninguna parte. Quizás intoxicada de ese arte gastado y del que vino detrás, quizás enmascarando una cobardía que me hace indigna de aquellos a los que ahora me voy a referir -según los esquemas de ellos, por supuesto-, me refugio en lo que sé, lo que creo saber y lo que me falta por saber. Y reivindico, como testigo de un legado de erudición y ensimismamiento, lo que mis antecesores repudiaron: la bien hallada torre de marfil, desusada, abandonada, despreciada por esos que me superan en años, en obras y en fama, a los que quizás jamás supere. Un refugio, una atalaya des de la que contemplar los acontecimientos, inmune, protegida, abastecida, y soltar un sonoro "¡JA!" cuando todo haya terminado, haya dado o no su fruto, pues todo lo habré previsto y de todo podré jactarme. Y si sale bien lo de fuera, ¿qué haré, sola, dentro? ¿Sacrificarme como un héroe trágico, porque alguien tenia que estar mirando para que sucediera? Y si sale mal ¿no debería estar tranquila, protegida, emperatriz de un mundo que sólo yo veo y, por tanto, que sólo para mí existe? O, a fin de cuentas, ¿no seré un nuevo arrogante príncipe Próspero, acechado por la muerte
roja?
Hoy quiero mi torre de marfil, la que por derecho me pertenece, la que haría de mi todoloqueestasociedadpodridanomedejaser, lo que, en última instancia, no me atrevo a ser. No es mi culpa, es que me faltan recursos...
No hay comentarios:
Publicar un comentario