... lo cual es sano y esperable en toda personita que crece, se hace mayor y cambia de ambiciones. Habría que desconfiar de las niñas que no dejan de querer ser princesas. Pero lo verdaderamente preocupante son las niñas que nunca han querido serlo. Yo quería ser el caballero. Y estoy totalmente convencida de mi heterosexualidad y mi feminidad. Pero los personajes siempre han molado harto más que las personajas.
Sin embargo, sucede que del reducido abanico de personajes femeninos de nuestro pequeño mundo ficcional (en el que basamos más de lo que creemos y deberíamos el mundo real), ahora que he crecido, me he hecho mayor y he cambiado de ambiciones, me he convertido en un equilibrio absurdo e incómodo entre una perfecta femme fatale y un ángel doméstico. A mi corta, cortísima edad, recién abandonada la suficiencia adolescente que, dicho sea de paso, tardé en acoger y en decidirme a desechar. Pero la culpa es mía, oh sí, y en esto no puedo dejar tampoco de ser un estereotipo: yo solita he pervertido mis relaciones hasta limites insospechados (es decir, insospechados por mí, todo el mundo parecía saber que ese tipo de conductas llevaba a ese tipo de situaciones). Me he cargado mi círculo social, no muy amplio y compuesto en su mayoría por hombres, a base de acostarme con sus piedras angulares, una detrás de otra. Cuando se ha tratado de relaciones estables, un distanciamiento es comprensible. Pero cuando estas han ido precedidas de conversaciones sobre las relaciones abiertas y lo genial que es que yo sea como soy y me lo tome como me lo tomo y esa sensación de libertad... un deterioro sin su correspondiente conversación franca y sin reproches es desconcertante. El amor libre nunca funcionó, eso debería haberlo sabido. Una debe ser un putón por entero o una amable tía soltera 100%. La mezcla de las dos que yo me envanecía de ser no da resultado. O eres la madre o eres la puta o eres la hermana. Romeo no existe, los follamigos tampoco. Alguien sale decepcionado siempre. O se asusta o se agobia. Y en esto sí que no he sido un estereotipo femenino. He ignorado las señales de humo que el otro mandaba. Y ha llegado el punto en que mis amigos o me llaman para follar o no me llaman. Con lo que parecen más clientes que amigos y dada la actual crisis económica me estoy planteando cobrar.
No me lamento (¿debería?): me sorprendo. Siempre convencida de que hablando la gente se entiende y de que me encontraba entre mentes preclaras capaces de separar sus sentimientos y actitudes de los esquemas sociales, me sorprendo de que, por haberme visto desnuda, no sean capaces nunca más de verme como una persona, como cualquier otro de sus amigos, y haya pasado a ser una "mujer", un tipo de tantas, una de esas a las que, en abstracto, se canta o de las que, en la distancia, se habla. Mis amigos, para más inri, son casi todos filólogos, acostumbrados a las imágenes antes que a la realidad.
Una, que nunca ha sido feminista, que no ha creído nunca necesaria una reivindicación, un movimiento teórico, porque ella, siendo ella, nunca se había visto en nada ultrajada ni limitada, se da cuenta ahora, a sus años, a su tardía edad (corta para lo uno, avanzada para lo otro) de que el mundo es cosa de hombres. Que los personajes interesantes son hombres, que las mujeres son molestos escollos, fieles consejeras o remansos de paz. Nada más.
Es demasiado tarde para querer ser princesa, pero no soy, tampoco, una Bovary, una Briest, una mujer díscola de las de manual. Tengo un nombre y lo uso. He tenido el privilegio de ser "un hombre" durante un tiempo. Ahora quiero ser yo: ni puta, ni diosa, ni madre, ni hombre. Firmo como una tal señorita, sí, pero mis máscaras las escojo yo cuando más me convienen. Nadie me las va a poner.
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