Reivindicación (furiosa)

Viviendo en diferido sin ser ni oir ni dar
En estos días inciertos en que vivir es un arte y tan tardíos en los que el arte es un mero galimatías porque todo se ha dicho y nada nuevo puede decirse sin repetir las mismas fórmulas; en días de revoluciones inusitadas, de reivindicaciones, de marchas, manifiestos y pancartas; en estos días que corren, Yo, dueña de mi misma, he caminado -y no ha sido la primera vez- para que se me oiga. Pero pienso, ¡pienso!, que ese caminar no lleva a ninguna parte. Quizás intoxicada de ese arte gastado y del que vino detrás, quizás enmascarando una cobardía que me hace indigna de aquellos a los que ahora me voy a referir -según los esquemas de ellos, por supuesto-, me refugio en lo que sé, lo que creo saber y lo que me falta por saber. Y reivindico, como testigo de un legado de erudición y ensimismamiento, lo que mis antecesores repudiaron: la bien hallada torre de marfil, desusada, abandonada, despreciada por esos que me superan en años, en obras y en fama, a los que quizás jamás supere. Un refugio, una atalaya des de la que contemplar los acontecimientos, inmune, protegida, abastecida, y soltar un sonoro "¡JA!" cuando todo haya terminado, haya dado o no su fruto, pues todo lo habré previsto y de todo podré jactarme. Y si sale bien lo de fuera, ¿qué haré, sola, dentro? ¿Sacrificarme como un héroe trágico, porque alguien tenia que estar mirando para que sucediera? Y si sale mal ¿no debería estar tranquila, protegida, emperatriz de un mundo que sólo yo veo y, por tanto, que sólo para mí existe? O, a fin de cuentas, ¿no seré un nuevo arrogante príncipe Próspero, acechado por la muerte roja?

Hoy quiero mi torre de marfil, la que por derecho me pertenece, la que haría de mi todoloqueestasociedadpodridanomedejaser, lo que, en última instancia, no me atrevo a ser. No es mi culpa, es que me faltan recursos...

Las niñas ya no quieren ser princesas...

... lo cual es sano y esperable en toda personita que crece, se hace mayor y cambia de ambiciones. Habría que desconfiar de las niñas que no dejan de querer ser princesas. Pero lo verdaderamente preocupante son las niñas que nunca han querido serlo. Yo quería ser el caballero. Y estoy totalmente convencida de mi heterosexualidad y mi feminidad. Pero los personajes siempre han molado harto más que las personajas.

Sin embargo, sucede que del reducido abanico de personajes femeninos de nuestro pequeño mundo ficcional (en el que basamos más de lo que creemos y deberíamos el mundo real), ahora que he crecido, me he hecho mayor y he cambiado de ambiciones, me he convertido en un equilibrio absurdo e incómodo entre una perfecta femme fatale y un ángel doméstico. A mi corta, cortísima edad, recién abandonada la suficiencia adolescente que, dicho sea de paso, tardé en acoger y en decidirme a desechar. Pero la culpa es mía, oh sí, y en esto no puedo dejar tampoco de ser un estereotipo: yo solita he pervertido mis relaciones hasta limites insospechados (es decir, insospechados por mí, todo el mundo parecía saber que ese tipo de conductas llevaba a ese tipo de situaciones). Me he cargado mi círculo social, no muy amplio y compuesto en su mayoría por hombres, a base de acostarme con sus piedras angulares, una detrás de otra. Cuando se ha tratado de relaciones estables, un distanciamiento es comprensible. Pero cuando estas han ido precedidas de conversaciones sobre las relaciones abiertas y lo genial que es que yo sea como soy y me lo tome como me lo tomo y esa sensación de libertad... un deterioro sin su correspondiente conversación franca y sin reproches es desconcertante. El amor libre nunca funcionó, eso debería haberlo sabido. Una debe ser un putón por entero o una amable tía soltera 100%. La mezcla de las dos que yo me envanecía de ser no da resultado. O eres la madre o eres la puta o eres la hermana. Romeo no existe, los follamigos tampoco. Alguien sale decepcionado siempre. O se asusta o se agobia. Y en esto sí que no he sido un estereotipo femenino. He ignorado las señales de humo que el otro mandaba. Y ha llegado el punto en que mis amigos o me llaman para follar o no me llaman. Con lo que parecen más clientes que amigos y dada la actual crisis económica me estoy planteando cobrar.

No me lamento (¿debería?): me sorprendo. Siempre convencida de que hablando la gente se entiende y de que me encontraba entre mentes preclaras capaces de separar sus sentimientos y actitudes de los esquemas sociales, me sorprendo de que, por haberme visto desnuda, no sean capaces nunca más de verme como una persona, como cualquier otro de sus amigos, y haya pasado a ser una "mujer", un tipo de tantas, una de esas a las que, en abstracto, se canta o de las que, en la distancia, se habla. Mis amigos, para más inri, son casi todos filólogos, acostumbrados a las imágenes antes que a la realidad.

Una, que nunca ha sido feminista, que no ha creído nunca necesaria una reivindicación, un movimiento teórico, porque ella, siendo ella, nunca se había visto en nada ultrajada ni limitada, se da cuenta ahora, a sus años, a su tardía edad (corta para lo uno, avanzada para lo otro) de que el mundo es cosa de hombres. Que los personajes interesantes son hombres, que las mujeres son molestos escollos, fieles consejeras o remansos de paz. Nada más.

Es demasiado tarde para querer ser princesa, pero no soy, tampoco, una Bovary, una Briest, una mujer díscola de las de manual. Tengo un nombre y lo uso. He tenido el privilegio de ser "un hombre" durante un tiempo. Ahora quiero ser yo: ni puta, ni diosa, ni madre, ni hombre. Firmo como una tal señorita, sí, pero mis máscaras las escojo yo cuando más me convienen. Nadie me las va a poner.

Umblicoscopia

¿Para qué sirve un "blog"? O una bitácora o un diario o como quiera llamársele. Para verter las reflexiones de uno, para desahogarse, para aprender de los errores. Pero, ¿para qué hacerlo público en la vasta red? Para exhibirse. Para hallar aprobación, apoyo, consejo en perfectos desconocidos cuando los conocidos se nos aparecen gastados, surcados por mil y una marcas familiares que minan su autoridad. Cuando reconoces a alguien por el ruido que hace al caminar, cuando sabes cuantas pecas tiene y donde, o que siempre aparta los guisantes de la paella y chupa las cabezas de las gambas, ese individuo queda desposeído de toda autoridad, de toda sabiduría y, por tanto, del derecho a aconsejarnos o reconfortarnos. Alguno puedo observar con acierto que un blog sirve para difundir, para dar a conocer aspectos de la cultura, de la ciencia, para educarnos, para deleitarnos, para mostrarnos pequeñas joyas esparcidas por el mundo a la alegría de las cuales no tendríamos acceso si un alma caritativa y desinteresada no las hubiera colgado en su blog. Bien. ¿Cuánta gente de verdad utiliza para eso un blog?

Como ser humano que ha ido a dar en el mundo occidental con acceso a las nuevas tecnologías y un tren de vida más o menos acomodado, tengo varios problemas. Dos de los principales son mi adicción intermitente a cualquier cosa con pantalla y mi incapacidad absoluta para controlar el flujo y temática de lo que circula entre mis sienes. Me canso de oírme pensar. Y me refugio en internet. Y de ahí no salgo, saltando de una a otra conducta autodestructiva (no porque su efecto sea lento deja de serlo). He tomado la determinación de ponerle remedio. Y en mi búsqueda histérica de placebos, he dado con los blogs. Tengo la intención de vomitar aquí mis inquietudes, des de qué color escojo para pintarme las uñas, hasta qué quiere decir Jean Luc Nancy con "sentido en la distancia". No quiero hacer el diario de una adolescente ni la pretenciosa página de una falsa hipster para sus amigos, recomendando música que no entiende y películas con las que se durmió. Solo quiero mirarme el ombligo, sea cual sea la forma que haya tomado; que lo escrito permanezca en algún sitio para revisitarlo y perseverar en mi actividad favorita (pensar en mí, hablar de mí y leer sobre mí); que quien quiera que esté suficientemente enfermo aburrido para leerme pueda decir lo que quiera al respecto (quien sabe si me cambia el humor al leerlo, para bien o para mal) o pueda sacar algo de provecho; y obtener una satisfacción vacua y efímera de la exhibición pública de mis pensamientos, dudas, anhelos y vergüenzas, así como la tranquilidad de ese vacío. Quiero sentirme como una niña hipotética en medio de un parque haciendo pompas de jabón (más bonitas o feas, más grandes o pequeñas, más o menos duraderas) bajo la mirada de los paseantes que participan de su felicidad y decepción alternativas, sin pedirle permiso y sin que a ella le importe lo más mínimo. 

Este va a ser mi lugar para ensimismarme. Quienquiera que seas, no tengo nada mejor que ofrecerte que lo mejor y lo peor de mí según vaya saliendo. Te avisé.