Las cosas han dejado de soprenderme

No siento la fascinación infantil que solía salvarme de mi misma. No me enamoro de mis actores favoritos, no me emborracho de anticipación a la espera de un nuevo libro, un nuevo cómic, una nueva película, un evento social. Siento pereza y sueño. Siento asco.

Cuando estoy deprimida, el agua siempre me hace sentir mejor. Pero, como si el desasosiego quisiera autoconservarse, cuando estoy realmente deprimida temo al agua. Me resulta terrible la idea de meterme en la ducha. Se me humedecen los ojos al escribirlo. Me causa pavor y náuseas algo tan simple como lavarme los dientes. Entro y salgo de este estado y existe un patrón que soy capaz de reconocer, pero cuando me encuentro en él, no recuerdo nada. No sé cómo he entrado ni cuando saldré. Algo así hace que te cuestiones muy fuertemente la idea del Yo. Aunque cuestionar tu identidad tampoco ayuda, es una distracción más del hecho de que, o espabilas, o cada vez irá a más, cada vez serán más cosas las que no te importen, hasta el punto de dejarte morir.

Cuando la gente se moría de pena en los cuentos y las leyendas y las historias oscuras que contaban los padres y abuelos, en realidad se morían de eso. De un desajuste químico provocado por un cambio brusco en la rutina. Mujeres que perdían bebés, esposos que perdían esposas. De un subidón repentino de ansiedad tan terrible y sobrecogedor que el cuerpo jamás se reponía. De un susto o un disgusto.

Soy sedentaria y tranquila y amo el orden, pero vivo en el perpétuo caos y la imprevisibilidad. No hay duda del origen de mis males: mi absoluta incapacidad para poner orden y mi insistencia en intentarlo.

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