Esta mañana ha muerto un hombre de 27 años en un accidente de coche.
Se trata del chico que, siendo ambos adolescentes, me explicó como realizar una masturbación satisfactoria a un hombre. Le gustaban mucho mis pechos. Le parecía que estaban muy bien puestos para lo grandes que eran. Intentó ligar conmigo desde el primer momento en que me vio y lo consiguió. Yo tenía novio, pero nunca nadie me había seducido. No supe qué hacer ni como reaccionar. Nos comimos la boca en el cementerio de una pequeña iglesia de Cheltenham. En Facebook he prometido que si la encuentro, le pondré una vela al polvo que no echamos y a su memoria.
Lo amé de un modo primitivo y guarro, totalmente inmoral. Desprovisto de moral. Pero lo amé, sin duda, y diría que él a mi también, aunque probablemente con mucha menos reflexión de por medio.
No teníamos casi nada en común, quitando los gustos musicales que se rozaban en los extremos. Era brutalmente sincero. Era un crío, claro. Si yo hubiera sido más valiente hubiera dejado a mi novio para estar con él. Al menos estar tanto como un par de quinceañeros de diferentes provincias y en la época de la primera generación de móviles podían permitirse. Hubiera sido un suicidio social, porque hubiera tenido que confesar mi infidelidad ante todos mis amigos pero, pensándolo ahora (siempre ahora, jamás había reflexionado sobre ello), creo que me hubiera entendido con él mejor, pese a tener mucho menos en común. Simplemente porque era brutalmente sincero.
No sé mucho del hombre en que se convirtió, pero recuerdo el chico que era y se me parte el corazón. Recuerdo ahora el tacto de su piel. El frío y la lluvia de Cheddar y su hombro contra el mío. Su voz a medio madurar. Su aliento. No había vuelto a pensar en nada de ello en poco más de una década. Fue muy doloroso asimilar mi traición, confesarla, recibir el perdón, cambiar para siempre las relaciones íntimas y la capacidad de confiar de mi novio de entonces. No sé si lloro por la muerte del uno o por la derrota emocional que vivió y marcó al otro. No sé si debería sentirme mal por recordar con amor al muerto con el que ya no tenía relación y, en cambio, a penas hablar con el vivo, que siguió conmigo un tiempo y siguió siendo mi amigo después de dejar de ser mi novio.
Recuerdo las picardías disfrazadas en las canciones de R.E.M. y U2. Recuerdo que quería que nos escapáramos de nuestras casas de acogida por la noche para ir a nadar a un estanque de un parque público por la noche, solo porque una canción de R.E.M. se titulaba Nightswimming. La canción que ha protagonizado mi homenaje en Facebook. El medio por el que me he enterado de su muerte. Me parece muy fuera de lugar todo. Cuando nos conocimos y nos comimos no existía Facebook.
Trato de dar significado a algo que no lo tiene. Ni siquiera sé si el accidente fue su culpa. Quizás iba mirando el móvil y se llevó por delante a una familia. Quizás si nos hubiéramos encontrado anteayer, me hubiera caído mal. Ayer publicó un meme de La Vida de Brian en Facebook, así que no es probable, pero podría ser. Nuestras opiniones políticas eran opuestas y él defendía muy apasionadamente la suya. Pero entendía la mía. Yo le gustaba por como defendía desapasionadamente la mía, además de por mis tetas.
Debería haberle dedicado Try Not To Breath en vez de Nightswimming, porque es como me siento ahora. Más bien, Someone Is Trying To Make Me Stop Breathing.
This hurts, Johnny boy. Probably yesterday none of us would have cared. And yet here I am, alive, in love, planning a wedding, and not knowing what the hell to do with the news of your death.
Donde se exponen los cimientos del cariz trascendental de absolutos ensimismamientos.
Try Not To Breath
Temas:
adolescencia,
amante,
cobardía,
duelo,
infidelidad,
miedo,
muerte,
mujer,
pérdida,
recuerdos,
relaciones,
sexo
Las cosas han dejado de soprenderme
No siento la fascinación infantil que solía salvarme de mi misma. No me enamoro de mis actores favoritos, no me emborracho de anticipación a la espera de un nuevo libro, un nuevo cómic, una nueva película, un evento social. Siento pereza y sueño. Siento asco.
Cuando estoy deprimida, el agua siempre me hace sentir mejor. Pero, como si el desasosiego quisiera autoconservarse, cuando estoy realmente deprimida temo al agua. Me resulta terrible la idea de meterme en la ducha. Se me humedecen los ojos al escribirlo. Me causa pavor y náuseas algo tan simple como lavarme los dientes. Entro y salgo de este estado y existe un patrón que soy capaz de reconocer, pero cuando me encuentro en él, no recuerdo nada. No sé cómo he entrado ni cuando saldré. Algo así hace que te cuestiones muy fuertemente la idea del Yo. Aunque cuestionar tu identidad tampoco ayuda, es una distracción más del hecho de que, o espabilas, o cada vez irá a más, cada vez serán más cosas las que no te importen, hasta el punto de dejarte morir.
Cuando la gente se moría de pena en los cuentos y las leyendas y las historias oscuras que contaban los padres y abuelos, en realidad se morían de eso. De un desajuste químico provocado por un cambio brusco en la rutina. Mujeres que perdían bebés, esposos que perdían esposas. De un subidón repentino de ansiedad tan terrible y sobrecogedor que el cuerpo jamás se reponía. De un susto o un disgusto.
Soy sedentaria y tranquila y amo el orden, pero vivo en el perpétuo caos y la imprevisibilidad. No hay duda del origen de mis males: mi absoluta incapacidad para poner orden y mi insistencia en intentarlo.
Cuando estoy deprimida, el agua siempre me hace sentir mejor. Pero, como si el desasosiego quisiera autoconservarse, cuando estoy realmente deprimida temo al agua. Me resulta terrible la idea de meterme en la ducha. Se me humedecen los ojos al escribirlo. Me causa pavor y náuseas algo tan simple como lavarme los dientes. Entro y salgo de este estado y existe un patrón que soy capaz de reconocer, pero cuando me encuentro en él, no recuerdo nada. No sé cómo he entrado ni cuando saldré. Algo así hace que te cuestiones muy fuertemente la idea del Yo. Aunque cuestionar tu identidad tampoco ayuda, es una distracción más del hecho de que, o espabilas, o cada vez irá a más, cada vez serán más cosas las que no te importen, hasta el punto de dejarte morir.
Cuando la gente se moría de pena en los cuentos y las leyendas y las historias oscuras que contaban los padres y abuelos, en realidad se morían de eso. De un desajuste químico provocado por un cambio brusco en la rutina. Mujeres que perdían bebés, esposos que perdían esposas. De un subidón repentino de ansiedad tan terrible y sobrecogedor que el cuerpo jamás se reponía. De un susto o un disgusto.
Soy sedentaria y tranquila y amo el orden, pero vivo en el perpétuo caos y la imprevisibilidad. No hay duda del origen de mis males: mi absoluta incapacidad para poner orden y mi insistencia en intentarlo.
Sábado por la mañana
Tengo que terminar un plan de comunicación para la empresa en la que hasta ahora era dependienta. Mi futuro marido está en la cocina, preparando salmorejo. Los gatos están sesteando en la cama. Yo tengo miedo.
Es raro asustarte de repente por cosas que nunca te habían molestado o no te habías planteado. Tengo miedo de estar con mis amigos. Tengo miedo de que suene el teléfono del trabajo. Tengo miedo de estar embarazada porque no quiero tener hijos biológicos. Tengo miedo de la Administración. Tengo miedo de los hombres machistas porque no me creía hasta ahora que existieran.
Mi antiguo jefe, actual cliente que se sigue comportando como un jefe, es un machito inseguro y mezquino que trabaja con artistas eróticas, bailarinas, pero en el fondo para él son putas en el sentido más peyorativo. El médico que recibió el volante que emitió mi ginecóloga solicitando una ligadura de trompas tiene delirios de grandeza y la administrativa que me llamó para decirlo se cree en posesión de la verdad y el ejercicio moral.
He tenido mucha suerte. Mi padre nunca se ha cuestionado la necesidad de que yo aprendiera, por ejemplo, a usar herramientas. Mis parejas, salvo una, nunca se han sentido castrados por ello. Trabajo más horas que el reloj y mi prometido ni se plantea regatear con las tareas del hogar: hay que hacerlo y se hace. Y lo hace él porque tiene más tiempo libre. No hay discusión posible. No soy activista, nunca lo he necesitado. Por eso ahora tengo miedo. Creo que he estado viviendo en otro mundo y ahora no tengo mecanismos de defensa contra ataques que no sabía que jamás recibiría.
Tengo miedo de no terminar las cosas a tiempo porque tengo miedo de muchas cosas y el miedo me agota. Estoy terriblemente cansada. Lo más frustrante es que recuerdo perfectamente no tener miedo de nada y el momento en que lo empecé a tener. Y sé que volveré a no tener miedo y después lo volveré a tener. Y me lo digo, para no tomarme muy en serio, pero sigo agotada y frustrada. Ahora mismo no hay nada más que pueda hacer: mantenerme a flote y esperar a que amaine, para seguir nadando.
Es raro asustarte de repente por cosas que nunca te habían molestado o no te habías planteado. Tengo miedo de estar con mis amigos. Tengo miedo de que suene el teléfono del trabajo. Tengo miedo de estar embarazada porque no quiero tener hijos biológicos. Tengo miedo de la Administración. Tengo miedo de los hombres machistas porque no me creía hasta ahora que existieran.
Mi antiguo jefe, actual cliente que se sigue comportando como un jefe, es un machito inseguro y mezquino que trabaja con artistas eróticas, bailarinas, pero en el fondo para él son putas en el sentido más peyorativo. El médico que recibió el volante que emitió mi ginecóloga solicitando una ligadura de trompas tiene delirios de grandeza y la administrativa que me llamó para decirlo se cree en posesión de la verdad y el ejercicio moral.
He tenido mucha suerte. Mi padre nunca se ha cuestionado la necesidad de que yo aprendiera, por ejemplo, a usar herramientas. Mis parejas, salvo una, nunca se han sentido castrados por ello. Trabajo más horas que el reloj y mi prometido ni se plantea regatear con las tareas del hogar: hay que hacerlo y se hace. Y lo hace él porque tiene más tiempo libre. No hay discusión posible. No soy activista, nunca lo he necesitado. Por eso ahora tengo miedo. Creo que he estado viviendo en otro mundo y ahora no tengo mecanismos de defensa contra ataques que no sabía que jamás recibiría.
Tengo miedo de no terminar las cosas a tiempo porque tengo miedo de muchas cosas y el miedo me agota. Estoy terriblemente cansada. Lo más frustrante es que recuerdo perfectamente no tener miedo de nada y el momento en que lo empecé a tener. Y sé que volveré a no tener miedo y después lo volveré a tener. Y me lo digo, para no tomarme muy en serio, pero sigo agotada y frustrada. Ahora mismo no hay nada más que pueda hacer: mantenerme a flote y esperar a que amaine, para seguir nadando.
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